opinión

Mas allá del arroz con caraotas ¿Por qué las soluciones mágicas no alimentan?

Francisco López Domínguez 11/08/2026
Mas allá del arroz con caraotas ¿Por qué las soluciones mágicas no alimentan?

Nos atrapa una paradoja peligrosa: repetimos con entusiasmo lo que nos gustaría que pasara, pero casi nadie se detiene a responder las preguntas fundamentales: ¿Qué queremos exactamente?, ¿cómo lo vamos a construir? y ¿cuáles son las herramientas reales para lograrlo?

Decía Conny Méndez —artista, escritora y la gran divulgadora que popularizó la metafísica al traducirla a un lenguaje cotidiano— con ese sentido común tan nuestro, que las grandes verdades no tienen por qué ser incomprensibles; deben ser tan simples como un plato de arroz con caraotas. Sin embargo, en la vorágine en la que vivimos hoy, hemos logrado transformar hasta lo más elemental en un autómata sin rumbo.

Nos hemos vuelto seres profundamente reactivos. La velocidad del tiempo moderno nos empuja a una carrera desbocada donde corremos sin levantar la mirada hacia el horizonte. Y en esa inercia permanente ocurre un fenómeno social crítico: cuando vives en modo supervivencia, tu margen de tolerancia se reduce a cero.

El que vive asfixiado por la urgencia no analiza; reacciona. Quien opera en la inmediatez de la coyuntura no tolera el matiz, la divergencia ni la planificación de mediano plazo; exige respuestas mágicas, inmediatas y rotundas. La supervivencia estrecha la visión, agota la paciencia y nos deja a merced del primer impulso. Nos convierte en repetidores de deseos que chocan entre sí, pero jamás en constructores capaces de acordar y ejecutar soluciones duraderas.

Surge entonces la gran dicotomía contemporánea: ¿En qué momento nos detenemos a reflexionar y analizar las decisiones de la vida, si la dinámica diaria parece no darnos tregua ni tiempo fuera?

La respuesta no es nueva ni requiere fórmulas complejas. Ya lo advertía San Ignacio de Loyola con su pragmatismo impecable al formular su célebre principio de actuación: “Obra como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. La enseñanza es tajante: los buenos deseos, las intenciones y las consignas son estériles si no van acompañados de un método, de una preparación deliberada y de una ejecución rigurosa.

Ningún proyecto sólido —sea personal, empresarial o social— se improvisa en medio del incendio. La estrategia exige diseño, análisis y silencio previo. Implica sentarse a estudiar el mapa antes de dar el primer paso, definir con qué recursos reales se cuenta y trazar la ruta con cabeza fría.

No basta con ansiar un destino ni con repetir consignas en automático. Es momento de romper la dictadura de la inmediatez, enfriar las emociones y agendar formalmente la pausa estratégica. Pasar de la queja reactiva a la propuesta estructurada requiere madurez: la madurez de frenar el impulso, mirar el tablero con rigor, diseñar las estructuras asociativas y productivas reales que nos den sustento y, solo entonces, salir a actuar con verdadero sentido y dirección.

Podemos porque hacemos.