Existe una máxima ampliamente atribuida a la física y a la lógica elemental: es absurdo esperar resultados distintos si seguimos haciendo exactamente lo mismo. En Venezuela, sin embargo, hemos elevado esa contradicción a un arte colectivo. Pretendemos construir una dinámica económica, social y organizativa totalmente distinta, pero seguimos recurriendo a los mismos actores, a los mismos discursos y a las mismas cúpulas para intentar lograrlo.
Peter Drucker solía recordar que "la mejor manera de predecir el futuro es crearlo". Pero ese futuro no se crea con las herramientas ni los vicios del pasado. Es momento de hablar con la verdad y de mirar el panorama sin filtros.
Hay una razón entendible por la cual nos cuesta mirar más allá, tendemos a caer en la trampa de la supervivencia y la inmediatez: el cortoplacismo. Años de incertidumbre y crisis nos acostumbraron a vivir en el día a día, a exigir respuestas instantáneas y a buscar milagros de la noche a la mañana. Cuando la prioridad es resistir el hoy, el "largo plazo" suena como una abstracción o un lujo teórico.
Pero debemos entender algo con urgencia: la supervivencia administra la agonía, no construye futuro.
Los países y las organizaciones no cambian por golpes de suerte ni por soluciones exprés. Se transforman cuando hay la disciplina de trazar una estrategia a diez, quince o veinte años y la voluntad de pegar un ladrillo tras otro, con constancia y sin pausa. La pregunta no es qué va a pasar mañana, sino qué estructura sólida estamos diseñando hoy para que el mañana valga la pena.
Ninguna transformación económica o empresarial será sostenible si no está construida sobre cimientos éticos innegociables. En el afán de lograr resultados, muchos suelen confundir el pragmatismo con el todo vale, y allí es donde los proyectos colectivos se desmoronan. En nuestro fuero interno, algo que sin duda nos motoriza es el filtro inquebrantable de la ética: “El test de los hijos”.
La ética en los negocios, en el trabajo y en la labor pública no requiere de tratados jurídicos complejos; a veces se mide con una regla muy sencilla: ser capaz de contarle a tus hijos lo que haces.
Hasta las personas de dudosa moral desean que sus hijos sean ciudadanos de bien. Por eso, explicarle a la mesa familiar cómo te ganaste el sustento, cómo trataste a tus socios o qué decisiones tomaste en tu empresa es el mejor termómetro ético que existe. Si sientes orgullo de narrar tus actos a las nuevas generaciones, estás haciendo las cosas bien. Si necesitas ocultarlo o maquillarlo, el modelo ya nace podrido.
Dicho lo anterior, hay una idea que es absolutamente prioritaria de atender, y es aquella que consiste en hacer que el relevo no sea una caridad sino una necesidad estratégica.
¿Por qué seguimos pidiéndole milagros a las mismas caras de siempre? Por comodidad, por inercia o por estructuras cerradas que se niegan a ceder espacio.
No podemos pretender modernizar el aparato productivo, los modelos asociativos o la dinámica social del país si ignoramos la mayor fuerza que tenemos: el talento joven. Y no hablo de una cuota generacional por compromiso o condescendencia; hablo de mérito, preparación y visión de vanguardia.
San Ignacio de Loyola, un maestro de la disciplina y la visión estratégica, nos dejó una premisa fundamental: "En todo amar y servir", pero entendiendo que el servicio exige acción concreta, excelencia y una constante renovación del espíritu. Hoy hay una generación brillante de venezolanos —tanto los que han resistido adentro como los que están dispersos por el mundo absorbiendo las mejores prácticas globales, liderando proyectos y compitiendo al más alto nivel— que tiene las herramientas para aportar soluciones reales. Continuar reciclando los mismos nombres solo garantiza que sigamos dando vueltas en el mismo círculo vicioso.
¿Por qué la gente de Venezuela no podría aspirar a un futuro mejor si es nuestro derecho? Claro que podemos. Pero el futuro no es un deseo ni una promesa que se espera sentado; es un derecho que se ejerce diseñando e implementando modelos que funcionen.
Necesitamos trascender la retórica vacía y pasar a la ejecución. Construir iniciativas asociativas modernas, éticas, eficientes y alineadas con los estándares globales exige sumar a los mejores, romper con inercias del pasado y darle paso a una nueva arquitectura de liderazgo.
Dejemos de pedirle milagros a los mismos de siempre. Es hora de dar paso a los rostros nuevos, al compromiso ético intachable y al trabajo serio pensado a largo plazo.
Podemos porque hacemos.